martes, 17 de marzo de 2026

De la diferencia a la indiferencia





¿Quién no se ha reencontrado con alguien a quien amó? Los ojos por los que nos iluminaba el fulgor del mundo son unos ojos hoy corrientes: ni siquiera grandes, o de un tono tan especial como nos parecía, o sin la oblicuidad que nos emocionó. Las manos bajo cuyo tacto nos diluimos, hoy aparecen cruzadas, indiferentes, invisibles de puro normales. Los labios por cuyos besos fallecíamos nos hablan hoy de un tema tan poco interesante que miramos el reloj sin darnos cuenta... Experiencia terrible la de enfrentarnos con quien ayer amamos y con quien ayer fuimos. ¿Tanto ha cambiado la otra o el otro? Quizá no. ¿Y nosotros? Tampoco. Se ha evaporado el aliciente del deseo. Voló el amor y se llevó consigo su milagroso atrezo, que embellece, ornamenta, dora y nimba. Pasó el tiempo, Midas certero, y transformó aquel ayer en hoy. No podemos tomar entre las nuestras estas manos, inclinarnos sobre esta boca, reflejarnos en estos nuevos ojos. Nada ha muerto: quien amamos esta aquí, y nosotros también. Sólo el amor no está. Estuvo, o sea, ya no vive. 

                                                                                                                        A. Gala.


                                 


PD: por todas aquellas horas de viaje, las de la ignorancia y las del aprendizaje.



sábado, 14 de marzo de 2026

De cuando los intensos se reúnen

 



Que tuviera la generosidad de ofrecer su espacio para que otro músico desconocido tocase antes que él, que siendo un cantante más que consolidado decidiera tocar solo para trescientas personas en una sala pequeña, que en mitad del concierto nos leyera alguno de sus poemas y que se arriesgara a abrir un turno de preguntas entre los que estábamos allí, lo hace sin duda diferente y grande, como persona y como músico.



jueves, 12 de marzo de 2026

De una asignatura pendiente




    El último móvil duerme desde que él se fue, en uno de los cajones del escritorio de su hija. En alguna ocasión, a ella se le ha pasado por la cabeza ponerlo a cargar, pero ¿qué podría recuperar si lo hiciera? sus últimas llamadas, alguna fotografía, la manera en la que tenía registrados a sus contactos... Y ¿qué porcentaje de él eran esos detalles?¿y qué derecho tiene ella a husmear ahí después de tanto tiempo? No esta segura de las respuestas a esas  preguntas, pero sí, de que todo eso formaba parte de su intimidad y de que la manera en la que debe permanecer el aparato, es apagado.

No hace mucho al abrir ese cajón olvidado, se lo ha vuelto a encontrar, y al apartarlo, la carcasa se ha hecho añicos. Y otra vez, se ha visto recontando  los años que lleva ese teléfono secuestrado de la vida y comprobando que el desuso también hace estragos. Debería liberarlo, lo sabe, pero también que si fuera por fin capaz de hacerlo sería ella la responsable de la desaparición de las últimas huellas de su paso por el mundo que compartieron. Aún siente que si se desvanece lo tangible, su memoria se quedaría sin soportes para recordar. Demasiada fragilidad.