("Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos,
la edad de la sabiduria,
el ciclo de la estudipez,
la fase de la creencia,
la etapa de la incredulidad, la estación de la luz,
la hora de las sombras,
era la primavera de la esperanza,
el invierno de la desesperación, lo teníamos todo por delante, nada habia frente a nosotros...")
¿Quién no se ha reencontrado con alguien a quien amó? Los ojos por los que nos iluminaba el fulgor del mundo son unos ojos hoy corrientes: ni siquiera grandes, o de un tono tan especial como nos parecía, o sin la oblicuidad que nos emocionó. Las manos bajo cuyo tacto nos diluimos, hoy aparecen cruzadas, indiferentes, invisibles de puro normales. Los labios por cuyos besos fallecíamos nos hablan hoy de un tema tan poco interesante que miramos el reloj sin darnos cuenta... Experiencia terrible la de enfrentarnos con quien ayer amamos y con quien ayer fuimos. ¿Tanto ha cambiado la otra o el otro? Quizá no. ¿Y nosotros? Tampoco. Se ha evaporado el aliciente del deseo. Voló el amor y se llevó consigo su milagroso atrezo, que embellece, ornamenta, dora y nimba. Pasó el tiempo, Midas certero, y transformó aquel ayer en hoy. No podemos tomar entre las nuestras estas manos, inclinarnos sobre esta boca, reflejarnos en estos nuevos ojos. Nada ha muerto: quien amamos esta aquí, y nosotros también. Sólo el amor no está. Estuvo, o sea, ya no vive.
A. Gala.
PD: por todas aquellas horas de viaje, las de la ignorancia y las del aprendizaje.
Que tuviera la generosidad de ofrecer su espacio para que otro músico desconocido tocase antes que él, que siendo un cantante más que consolidado decidiera tocar solo para trescientas personas en una sala pequeña, que en mitad del concierto nos leyera alguno de sus poemas y que se arriesgara a abrir un turno de preguntas entre los que estábamos allí, lo hace sin duda diferente y grande, como persona y como músico.