El último móvil duerme desde que él se fue, en uno de los cajones del escritorio de su hija. En alguna ocasión, a ella se le ha pasado por la cabeza ponerlo a cargar, pero ¿qué podría recuperar si lo hiciera? sus últimas llamadas, alguna fotografía, la manera en la que tenía registrados a sus contactos... Y ¿qué porcentaje de él eran esos detalles?¿y qué derecho tiene ella a husmear ahí después de tanto tiempo? No esta segura de las respuestas a esas preguntas, pero sí, de que todo eso formaba parte de su intimidad y de que la manera en la que debe permanecer el aparato, es apagado.
No hace mucho al abrir ese cajón olvidado, se lo ha vuelto a encontrar, y al apartarlo, la carcasa se ha hecho añicos. Y otra vez, se ha visto recontando los años que lleva ese teléfono secuestrado de la vida y comprobando que el desuso también hace estragos. Debería liberarlo, lo sabe, pero también que si fuera por fin capaz de hacerlo sería ella la responsable de la desaparición de las últimas huellas de su paso por el mundo que compartieron. Aún siente que si se desvanece lo tangible, su memoria se quedaría sin soportes para recordar. Demasiada fragilidad.
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