Las
navidades de dos semanas de vacaciones sin más responsabilidad que la de hacer los deberes; las que empezaban montando juntos el
belén y el árbol de plástico hortera, con bolas de cristal y luces parpadeantes; las de
ir con mi padre a dar la carta al paje de sus majestades los reyes o creer a pies juntillas que él la echaría en el buzón justo a tiempo; las de cabagaltas y villancicos con flautas desafinadas en la función
del colegio; las de las misas de gallo por obligación; aquellas en las que esperábamos
con ansia poder reunirnos con los abuelos, primos y tíos que tan lejos estaban; las de recoger el aguinaldo; las de preparar pan duro y agua para los camellos en alguna ventana de casa; las de los nervios en el estómago la noche del cinco de enero; las de
los madrugones del seis, para ver cumplidos nuestros deseos y descubrir en la mesilla de noche, las peladillas, cigarros y monedas de chocolate que mi padre -mientras dormíamos- nos había
colocado la noche antes en nombre de algún rey; las navidades en las que no existían los regalos tecnológicos; aquellas en las que era impensable no escuchar el discurso del rey Juan Carlos o perderse el especial de nochevieja.
Las navidades de ver siempre y en el único canal que
existía, el clásico ”Qué bello es vivir".
Aquellas navidades...
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