La ausencia
sobreviene, te asalta, pero a la pérdida se llega.
La pérdida
es el final de un proceso que lenta y
sigilosamente se va llevando lo que has querido, admirado o necesitado durante
un periodo de tu vida, haciéndolo -pienso ahora- justo desde que uno a empieza a
querer, admirar o necesitar; te enseña a
reducir tus expectativas y te ayuda - dándote tiempo - a ir conformándote con lo que va quedando de ese algo, hasta que ya irreconocible desaparece para siempre (de pronto se
ausenta) y es entonces, cuando también
te hace comprender que lo debes dejar ir y que nunca te ha pertenecido.
Pero su desaparición, no nos engañemos, es sólo física; quedan
sus recuerdos - una profunda caja de recuerdos - y la duda, de si lo que para ti ha sido prioridad
existió como va a permanecer en tu memoria y de si serás capaz de seguir viviendo
sin lo que te parecía tan imprescindible. Y sí, resulta que se puede, que su hueco nada ni nadie lo llenará, pero
como al dolor de su ausencia se irán superponiendo nuevos dolores finalmente sabes que ese peso se hará más liviano y con
ello más resistible. Y una vez más, sigues caminando...














